

Erase una vez un pequeño principito que no quería hacer nada, su pereza le ganaba para todo. Cierta noche, después de haber recibido un buen regaño por su pereza, se puso pensativo y suspiro tristemente, diciendo: “¡Ay! ¿Cuándo seré mayor para hacer lo que me apetezca?”
Transcurrió el tiempo y a la mañana siguiente, descubrió sobre su cama una bobina de hilo de oro de la que salió una débil voz diciendo: “Trátame con cuidado, príncipe”
El principito pensando que todo esto era un sueño, se quedo callado detallándola cuando esta volvió decir: “Este hilo representa la sucesión del resto tus días. Conforme vayan pasando, el hilo se irá soltando. No ignoro y soy consciente que deseas crecer pronto. Pues bien, te concedo el don de desenrollar el hilo a tu antojo, pero todo aquello que hayas desenrollado no podrás envolverlo de nuevo, pues los días pasados no vuelven”.
El príncipe, para cerciorarse de que todo lo que decía la bobina de hilo de oro era cierto, tiro con ímpetu del hilo y se encontró convertido en un grande y apuesto príncipe. Tras no creerse lo sucedido anteriormente, tiro un poco más y se vio llevando la corona de su padre, en cuestión de segundos se vio convertido en rey. Con otro tirón se dio cuenta que todo lo que le daba pereza cuando era chiquito había desaparecido. Con un nuevo tironcito, indagó a la bobina de hilo de oro diciendo: “Dime bobina, ¿Cómo serán mi esposa y mis hijos?”
En un abrir y cerrar de ojos, una bellísima joven alta de pelo claro apareció a su lado junto con cuatro niños rubios hermosos dentro de una cuna solo para que él los cuidara por siempre. Sin pararse a pensar, su curiosidad se iba apoderando de él y siguió soltando mas hilo para saber cómo serian sus hijos de mayores.
De pronto se miro al espejo y vio la imagen de un anciano decrépito, de escasos cabellos nevados. Se asusto de sí mismo y del poco hilo que quedaba en la bobina ya que ese poco representaba los pocos días de vida de le quedaban.
Era obvio entonces que los instantes de su vida estaban contados. Desesperadamente, intento enrollar el hilo en el carrete pero sin lograrlo se ataco a llorar en el borde de su cama lamentándose de sus hechos. Entonces la débil vocecilla que ya conocía, hablo así: “Has desperdiciado tontamente tu existencia. Ahora ya sabes que los días perdidos no pueden recuperarse. Has sido un perezoso al pretender pasar por la vida sin molestarte en hacer el trabajo de todos los días.”
El rey, tras un grito de pánico, tomo la decisión de transformase y ser el quien controlara su vida de ahora en adelante, gozándose cada momento y olvidando la pereza y todos aquellos errores que había cometido en el pasado. Las palabras de la bobina de hilo de oro eran ahora cuestión de actitud, y a pesar de que sus pocos días eran verídicos, su transformación de personalidad lo ayudo a disfrutar de todo lo que en algún momento no pudo.
Adriana Tovar C.

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